Historias de la emigración ...gracias a http://cer-peru.blogspot.com/
Que tire la primera piedra quien nunca haya tenido manchas de emigración ensuciándole el árbol genealógico… Tal como en la fábula del lobo malo que acusaba al inocente corderito de enturbiarle el agua del riachuelo donde ambos bebían, si tú no emigraste, emigró tu padre, y si tu padre no necesitó mudar de sitio fue porque tu abuelo, antes que él, no tuvo otro remedio que irse, cargando la vida sobre las espaldas, en busca del pan que su tierra le negaba. Muchos portugueses murieron ahogados en el río Bidasoa cuando, noche oscura, intentaban alcanzar a nado la orilla de allá, donde se decía que el paraíso de Francia comenzaba. Centenares de miles de portugueses tuvieron que someterse, en la llamada culta y civilizada Europa de más allá de los Pirineos, a condiciones de trabajo infames y a salarios indignos. Los que consiguieron soportar las violencias de siempre y las nuevas privaciones, los sobrevivientes, desorientados en medio de sociedades que los despreciaban y humillaban, perdidos en idiomas que no podían entender, fueron a poco a poco construyendo, con renuncias y sacrificios casi heroicos, moneda a moneda, centavo a centavo, el futuro de sus descendientes. Algunos de esos hombres, algunas de esas mujeres, no perdieron ni quieren perder la memoria del tiempo en que tuvieron que padecer todos los vejámenes del trabajo mal pagado y todas las amarguras del aislamiento social. Gracias les sean dadas por haber sido capaces de preservar el respeto que debían a su pasado. Otros muchos, la mayoría, cortaron los puentes que los unían a las horas sombrías, se avergonzaron de haber sido ignorantes, pobres, a veces miserables, se comportan, en fin, como si una vida decente, para ellos, solo hubiese comenzado verdaderamente el día felicísimo en que pudieron comprar su primer automóvil. Esos son los que estarán siempre dispuestos a tratar con idéntica crueldad e idéntico desprecio a los emigrantes que atraviesan ese otro Bidasoa, más ancho y más hondo, que es el Mediterráneo, donde los ahogados abundan y sirven de pasto a los peces, si la marea y el viento no prefieren empujarlos hasta la playa, mientras la guardia civil no aparece para levantar los cadáveres. Los sobrevivientes de los nuevos naufragios, los que pusieron pie en tierra y no fueron expulsados, tendrán a su espera el eterno calvario de la explotación, de la intolerancia, del racismo, del odio por su piel, de la sospecha, de la humillación moral. El que antes había sido explotado y perdió la memoria de haberlo sido, explotará. El que fue despreciado y finge haberlo olvidado, afinará su propia manera de despreciar. Al que ayer humillaron, humillará hoy con más rencor. Y ahí están, todos juntos, tirándoles piedras al que llega a la orilla de acá de este Bidasoa, como si nunca hubiesen emigrado ellos, o los padres, o los abuelos, como si nunca hubiesen sufrido de hambre y de desesperación, de angustia y de miedo. En verdad, en verdad os digo, hay ciertas maneras de ser feliz que son simplemente odiosas.



















Roma, fundió de una manera impresionante el pasado con el presente. Mezcló incomparables marcos arquitectónicos, con las propias pruebas que se disputaban, dando la sensación de que se había retrocedido en el tiempo. Un ejemplo fue, la llegada de la maratón bajo el arco de Constantino, con las ruinas del coliseo de telón de fondo.
Wilma dedicó las medallas a sus hijos y a sus padres. Pero la felicidad que vivió en la capital italiana, se desmoronó. En su país pagó caro las protestas por el trato a los negros. Fue perseguida y hasta eliminada de las contiendas musculares. Para ganarse la vida tuvo que cambiar la pista por bailarina modelo, aprovechando sus dotes físicas. Un accidente de tránsito le quebró las piernas, ya tampoco ni modelo podía ser por las cicatrices que le quedaron. El hambre se apoderó de ella y su familia y terminó vendiendo sus medallas.
Fue esta también la cita olímpica de Casius Clay, más tarde Mohamed Alí, ganador de la medalla de oro en los semipesados, luego campeón mundial profesional. Pero la presea dorada de Roma la tiró a un río cuando en su tierra natal le privaron de entrar a un restaurante por motivos de raza.
Otro de los sucesos importantes de la XVII edición fue que el mítico Jesé Owens se quedó sin sus dos récords en salto de longitud. El culpable fue su compatriota Ralph Boston. Antes de los Juegos había saltado 8,14, nueva marca mundial. Ya en los juegos se hizo con el oro y con un nuevo récord olímpico gracias a un salto de 8,12.

