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SUPAY-666

Donde mueren los machos - la decadencia de las cantinas como lugares de hombres y conversas - ...gracias a http://desconozco-mayormente.blogspot.com/


Los cafés de la cadena Starbucks le arrebatan la exclusividad a las cantinas como espacios públicos donde la amistad masculina se amuralla y se confiesa.

Ir al Starbucks es gay [1]. Las mujeres que leen Cosmopilitan y almuerzan ensalada wellington ya no son las únicas en ser seducidas por los tantos locales de la cadena internacional de cafés. Hoy, los hombres —más regios que nunca— también mueren por sentarse en sus neoliberales sillones y beber café de sus inconfundibles recipientes descartables.

¿Pero qué tipo de hombres? El público masculino del Starbucks se divide en tres. Está el yuppie, ese oficinista de blackberry o iphone y laptop core 2 duo, cuyo vocabulario está plagado de anglicanismos huachafos como ‘target’, ‘benchmark’ o ‘branding’, y su agenda diaria está ocupada por temas y eventos tan importantes como estúpidos. El estudiante universitario, siempre misio, de mochila y laptop Acer o Toshiba, que desperdicia el tiempo que le sobra en Facebook y se aburre mientras se terminan de descargar sus videos en Youtube. Y está también el pseudointelectual de cínico elitismo cultural, vestido con saco de corduroy y chalina aunque sea verano, que lee libros de Bukowski y Auster y escribe en pequeñas libretas de tapa dura, cigarrillo en ristre.

Todos ellos —solos o en grupo— visitan cada vez con menos frecuencia las cantinas, muy diferentes, por cierto, a los bares [2]. Tampoco beben ya esos líquidos de fuego que raspan la garganta, ni comen butifarras, sándwich de jamón del norte o panes con torreja. Nada que ver. Ubícate, cholito. Ahora la voz es el frappuccino de moka —apodado helado de café por el cronista junior Carlos Hurtado de Mendoza, ya que se sirve bien frío y con crema chantilly—, té chai latte y caramel macchiato, entre otros descaros. ¿Y qué piden los chicos para comer? Según me cuenta el atentísimo personal del Starbucks, el cinnamon roll, el quiche de zucchini y el muffin de naranja con choco chips son sus favoritos. Y, claro, la experiencia —tan cool como cabrísima— no puede estar completa sin la compañía de la balsámica Lado B, la revista exclusiva de los Starbucks.

Es allí, en ese sosegado ambiente con wi-fi propio de la epidérmica prosperidad del capitalismo, donde los hombres limeños de la segunda década del siglo XXI se quejan de su mujer, reniegan del gobierno y sus políticos, traman planes para cambiar el mundo y buscan alivio entre otros machos alfa del ayer.

¿Será esta una guerra más entre el Bien y el Mal? ¿Entre el gigante multinacional del fast-coffee y la decadente institución romántica del aserrín ilustrado [3]? Qué importa el escenario, siempre y cuando se mantenga la conversa.


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[1] Beto Ortiz publicó hace un tiempo una crónica en Perú 21 llamada “Todo es gay” en la que enumeró y jerarquizó toda costumbre no heterosexual masculina. Es indispensable que la actualice cada cierto tiempo.

[2] Son tres las grandes diferencias entre bares y cantinas: la oferta etílica, la compañía y el motivo. En el bar hay de todo. Cerveza de chopp, licores duros como el whisky o el vodka y tragos y daiquiris —propios del after office— como el apple martini o el pisco punch. Y vas con quien sea, siempre a reír; nunca se cuentan cosas tristes en un bar. Por el contrario, la cantina es solo para los amigos, con los que puedes hablar de verdad. Se tratan temas trascendentales; se aprende a vivir en la cálida penumbra. Y solo se bebe cerveza en botella, ron y hasta pisco. Punto.

[3] Eloy Jáuregui, dixit.

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