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Estremecedores suicidios de la literatura -Alucinantes maneras de suididarse de manos de los grandes literatos, amiguitos, si van a matarse, haganlo con estilo!!! ...gracias a http://la-fortaleza-de-la-soledad.blogspot.com/

Así lo hayan leído o no, el suicidio de David Foster Wallace (en la imagen) afectó a muchos. Su muerte acaeció tres días después de que leyera ENTREVISTAS BREVES CON HOMBRES REPULSIVOS (tres dos antes había leído ese tratado sobre la adicción el consumo llamado LA BROMA INFINITA (precio: 189 soles), que pude devorar gracias a las gestiones de un conocido, que me la prestó por dos semanas).
DFW era el escritor joven que capitaneaba una excelente generación de narradores norteamericanos, integrada por Jonathan Lethem, Michael Chabon, entre otros. Muchos amigos me llamaron para preguntarme qué libro suyo leer, y solo me limitaba recomendarles ENTREVISTAS BREVES…; otros, en tono sarcástico, me pedían que no lea a autores contemporáneos, que no los comentara en el blog, ya que no tardaban en irse al más allá.
Precisamente sobre los suicidios en la literatura estuve conversando con una amiga hace unos días. Abordamos los ocurridos en el imaginario local, en especial si fue suicidio o no el de Juan Ojeda, extraordinario poeta del sesenta al que deberíamos valorar más, y considero que ya es hora que tengamos otra edición de ese canto del límite existencial llamado ARTE DE NAVEGAR. También hablamos de los suicidas de otras tradiciones, especulando sobre sus impulsos internos que los llevaron a tan tremenda determinación, que en algunos casos hasta fue liberadora.
Buscando textos sobre el tema, encontré un extenso artículo de Victoria Márquez Torres, “Los que se apearon en marcha: los más estremecedores suicidios de la literatura”, publicado en la revista Qué Leer de España. Échenle una mirada porque la verdad no tiene pierde.

En El mito de Sísifo, Albert Camus, que murió en un accidente sin ningún viso de suicidio, escribía nada más empezar: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no vale la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía”. Y añade: el acto del suicidio “se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una gran obra”.
Pero, ya antes que Camus, también el poeta alemán Novalis había escrito: “El acto filosófico por excelencia es el suicidio; en él se asienta el principio real de toda filosofía…Sólo este acto responde a cualquier condición y lleva las marcas de una acción trasmundana”. Filosofía realizada; en el suicidio se consuma y se disuelve la filosofía.
El anhelo romántico
Aunque la práctica se remonta a la noche de los tiempos, el Romanticismo marca un punto candente en el suicidio literario. Este movimiento cultural supuso una ruptura crítica con el pasado racionalista, ruptura que coincide con la crisis de la conciencia europea. Un ejemplo: el poeta y dramaturgo alemán Heinrich von Kleist (1777-1811), autor de El príncipe de Hamburgo, un alma ardiente arrastrada por una irrefrenable pasión por lo absoluto. Según cuentan sus biógrafos, nunca se mostró más alegre que cuando anunció a su prima que iba a matarse. ¿Y Gerard de Nerval (1808-1855)? Su biografía es apasionada y novelesca como pocas. Lleno de talento, poeta, magnífico traductor (Goethe se leía en la traducción de Fausto que Nerval había hecho al francés), también se abandona a la noche. “No me esperes esta tarde, porque la noche será negra y blanca”, había dicho a una tía suya al despedirse. Al día siguiente apareció ahorcado en un callejón del viejo París.
El suicidio no sabe de geografías. En Portugal podrían citarse igualmente muchos casos: Antero de Quental, Camilo Castelo Branco o Mario de Sá-Carneiro, el gran amigo de Fernando Pessoa, que tuvo una muerte que reviste los rasgos de una pesadilla. Antes de suicidarse, escribe a Pessoa esta misiva: “Pero no hagamos ya más literatura (…). Adiós. Si mañana no consigo la estricnina en dosis suficientes, me arrojaré al metro… No te enfades conmigo”. En la vorágine de una crisis sin retorno, el aún joven poeta, vestido con un traje de etiqueta, hallará la muerte mediante una fuerte dosis de veneno. Si Castelo es un romántico, Sá-Carneiro encarna el desgarro del siglo pasado, su infinita locura y su irremediable soledad.
El surrealismo, especialmente en Francia, también es otro momento álgido. En el segundo número de la Revolution surréaliste (1925) se planteó esta encuesta: “¿Es una solución el suicidio?” Sea solución o no lo sea, los nombres de Jacques Vaché (1896-1919), gran amigo de André Bretón, entronizado por éste como uno de los protomártires del surrealismo y que murió de una sobredosis de opio en el Hotel de France de Nantes; Jacques Rigaut(1899-1929) y René Crevel (1900-1935) ocupan un puesto en ese singular martirologio.
Aunque no sólo los surrealistas se sumaron a la muerte súbita. Pierre Drieu La Rochelle (1893-1945) –que acabó quitándose la vida–, en Fuego fatuo (Louis Malle llevó la novela al cine), nos presenta otro tipo de suicida: aquél que no es capaz de encontrar un sentido a su relación con los hombres… Y tan fascinado estaba ya este escritor por la idea que, en un escrito suyo dedicado a un amigo suicida, no duda en afirmar: “Morir es lo más hermoso que podías hacer, lo más fuerte, lo más”.
Protesta, rito o grito
El suicidio de Sylvia Plath (1932-1963), una de las poetas norteamericanas más reputadas del siglo XX, supuso un terremoto para una familia marcada para siempre por el estigma del dolor y el desconsuelo. Plath se suicidó el 11 de febrero de 1963, cuando contaba treinta años. Se levantó de madrugada, preparó el desayuno a sus hijos, que dormían en la habitación de al lado, tostadas y leche caliente, que dejó sobre la mesa. Después selló las rendijas de la ventana con los trapos de cocina y abrió la espita del gas. No ahorró un detalle sobrecogedor: el paño que colocó en el horno para no tener que apoyar la cabeza directamente sobre el metal.
Mucho se ha escrito y se ha especulado sobre la muerte de Plath. Unos dicen que el fallecimiento de su padre, en 1940, supuso un trauma que nunca llegó a superar; otros, sin embargo, aducen que la infidelidad de su esposo, uno de los grandes de las letras británicas, Ted Hughes, que la abandonó por la poetisa Assia Wevill, fue la causa determinante para que Plath acabara con su vida. Recientes estudios señalan que Sylvia sufría un trastorno bipolar y que la medicación actual le habría salvado la vida.
Seis años después, la familia Hughes/Wevill vivió otro episodio luctuoso, después de que Assia siguiera los pasos de Sylvia abriendo la espita del gas y quitándose la vida. En este caso, Wevill no murió sola, se llevó por delante a una de sus hijas, Shura, de apenas cuatro años. Eso ocurrió el 23 de marzo de 1969. 46 años después, Nicholas Hughes, el hijo menor de Sylvia, profesor universitario de Ciencias del Mar en la Universidad de Fairbanks, se suicidó colgándose de una soga en su casa de Alaska.
Primo Levi (1919-1987) se lanzó al vacío por el hueco de un ascensor donde vivía, en el barrio de La Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida. Anne Sexton (1928-1974), cuyo nombre real es Anne Gray Harvey, respiró el humo de su coche, en el garaje, hasta morir, vestida únicamente con un abrigo de piel que había pertenecido a su madre.
Marina Tsvietáieva (1892-1941), una mujer que sufrió lo indecible, se ahorcó, de pura desesperación, en el pueblo de Elábuga, con la misma cuerda con la que Boris Pasternak había sujetado sus pobres pertenencias en la estación de Moscú, al despedirla. Días antes había intentado encontrar trabajo por enésima vez. Su solicitud, dirigida al soviet de Litfond, es un documento demoledor para la historia de la literatura rusa: “Ruego que se me dé trabajo como lavaplatos en el comedor de Litfond que va a abrirse”. Pero la dirección dudaba si contratar a una antigua emigrante, esposa de Serguéi Efrén, un ser pusilánime, incapaz de proteger a su familia y responsable de su desdichado regreso a la Unión Soviética. Efrén adquiere talla humana cuando, torturado por la policía de la mayor maquinaria de exterminio que ha conocido la humanidad, se niega a acusar a su mujer y se ciñe a la verdad de los hechos una y otra vez, a pesar de su lamentable estado físico y psíquico. Le fusilaron en octubre de 1941. Y ahí la gran Tsvietáieva, la poeta que había hecho del amor al prójimo su única bandera (“yo soy la que ama”), se hundió. Su última carta fue para su hijo Mur, de dieciséis años; en ella le decía que comprendiera su decisión porque “esto ya no soy yo”. Unos meses antes, pensando en su propio destino y en el de tantos otros, escribió: “Y mi ceniza será más caliente que su vida”.
Yukio Mishima (1925-1970) es ya un símbolo; su suicidio por el ritual del seppuku, una ofrenda a la muerte, es un acto de valor y lucidez único. Asqueado de una época mediocridad, era, según Truman Capote, un hombre jovial, aunque extraordinariamente sensible. En un famoso autorretrato, aquél en el que Capote dice de sí mismo: “Soy alcohólico. Soy drogadicto. Soy homosexual. Soy un genio”, nos explica el escritor americano que se quedó atónito cuando, en una biografía del escritor nipón, aparecida después de su muerte, se le atribuían las siguientes palabras: “Ah, sí. Pienso mucho en el suicidio. Y conozco a muchas personas que seguramente se suicidarán. Truman Capote, por ejemplo”. Y éste comenta: “Creo que le falló la intuición; yo jamás tendré el valor de hacer lo que él hizo…”. ¿Lo tuvo?
Otro caso singular es el de John Kennedy Toole (1937-1969), autor de La conjura de los necios. Creyéndose un escritor fracasado, se suicidó a los 32 años.
Pero, para quisquillosos, el fino poeta colombiano José Asunción Silva (1865-1896), que antes de suicidarse visita al médico para que éste le dibuje sobre el pecho el lugar exacto del corazón en donde se deberá alojar el disparo que le ocasionará la muerte. Antes, aún se acordó de dejar abierto Il trunfo della morte, de D´Annunzio.
El autor a un suicidio pegado
La vida de Horacio Quiroga (1878-1937) es una concatenación de hechos trágicos que marcarán el devenir de su paso por la Tierra. Su padre se mató de un escopetazo en un accidente de caza. Sus dos hermanas, Pastora y Prudencia, murieron muy jóvenes de fiebres tifoideas. Su padrastro, Ascencio Barcos, se suicidó delante de él. El propio Horacio mató a su mejor amigo accidentalmente de un disparo de pistola (la crónica cuenta que Quiroga estaba examinando el arma que Federico Ferrando acababa de comprar para batirse en duelo). Casó con Ana María Cirés y nunca debería haberlo hecho, porque consideraba al matrimonio un continuado trato entre desconocidos y escribió: “La luna de miel fue un largo escalofrío”. Ana María se suicida envenándose con una dosis de sublimando, al parecer insuficiente, ya que agonizó durante ocho días. Su segunda esposa, María Elena Bravo, lo abandonó llevándose a la hija de ambos. La inhumanidad de la selva (que él amaba), su infancia espeluznante, no ya el desamor sino su teórica imposibilidad de sentimentalidad entre hombre y mujer, y la muerte en todas sus variantes son las luces de su obra literaria. Fue maestro del tremendismo (en La gallina degollada, un matrimonio se reprocha las taras de cuatro hijos subnormales y bestializados que acaban destripando y comiendo a la única hija sana de la pareja.) Horacio Quiroga siempre sufrió dispepsia y antes de los 60 años un médico le diagnóstico cáncer de estómago. En la madrugada del 19 de febrero de 1937 puso fin a su vida ingiriendo una dosis de cianuro potásico. La historia turbulenta del poeta no terminó con su muerte, ya que sus dos hijos, Eglés y Darío Quiroga, se suicidaron en 1938 y 1951 0 1952, respectivamente, utilizando los mismos procedimientos que su padre.
Casos sonados y sangrantes
Pero los dos suicidios más legendarios del siglo pasado son sin duda los de Virginia Woolf (1882-1941) y Cesare Pavese (1908-1950). En la biografía que le dedicó su sobrino, Quentin Bell, hijo de su hermana Vanessa, se nos dice que Virginia dejó una nota en el mantel y salió hacia las once y media; “dejando el bastón en la orilla del río Ouse, se metió una voluminosa piedra en el bolsillo de su abrigo. Acto seguido se dirigió hacia la muerte, la única experiencia –como le había dicho a Vita– que nunca podré narrar”.
A Cesare Pavese, autotitulado “maestro en el arte de no gozar”, lo que le empujó a la muerte fue saber que su vida se había vaciado de sentido y el encontrarse agotado. “Mientras hay un proyecto, no hay existencia absurda”, escribió el poeta. Pero, ¿si nos falta? Pavese dejó también, en su diario, una última anotación. He aquí lo que en ella dice: “Lo que tememos más secretamente ocurre siempre… Basta un poco de valor…Todo esto da asco. Basta de palabras. Un gesto. No escribiré más”.
Entre las muertes más estremecedoras está la de Emilio Salgari (1862-1911), que murió desangrado en un bosque a las afueras de Turín, tras una angustiosa agonía en la que intentó una y otra vez degollarse con una navaja de barbero.
Suicidas de barras y estrellas
El escopetazo de Ernest Hemingway (1899-1961) es ya legendario. El gran aventurero de la vida y de la literatura sabía que sus días estaban contados (cosa que, por otra parte, sabemos todos). El suicidio de su padre fue en su día una experiencia profunda. Vitalista de la doctrina y de la práctica, su obra está presidida por la muerte.
Jack London (1876-1916), seudónimo de John Griffith London, cuyo origen biológico es incierto (se le supone hijo de una vidente y de un astrólogo), también buscó la muerte cuando la gloria y el dinero le sonreían. Muchos ven en él al precursor de Hemingway. Autodidáctica, rebelde, romántico. Spencer, Charles Darwin, Karl Marx y Nietzsche influyeron en su actitud vital. Revolucionario y derrochador. Gastó, gastó, gastó. Nunca perdonó a una sociedad que le hizo sufrir de forma atroz en su infancia.
Como se sabe, los escritores norteamericanos afrontan su profesión a cuerpo limpio. Muchos de ellos realizaron su aprendizaje en la vida y el éxito, cuando lo alcanzan, viene determinado por la aceptación del público. La incidencia de los poderes públicos es nula, pues en modo alguno entiende el poder –al menos, el poder político– que sea su misión tutelar, para solapadamente luego dirigir, la vida cultural del país. Y, así, como debe de ser, a la intemperie y lejos del presupuesto, el escritor encara la ardua aventura de las letras. Es el público quien, justo e injusto, decide siempre.
David Foster Wallace, la gran promesa de la narrativa estadounidense, se ahorcó en 2008 en su casa. En alguna ocasión había pedido que le protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida. Foster, de 46 años, estaba considerado como el mejor cronista del malestar actual de la sociedad norteamericana gracias a obras como La broma infinita o Entrevistas breves con hombres repulsivos
Entre Rusia y España
Serguéi Esenin (1895-1925) y Vladimir Maiakovski (1893-1930) se relacionan por más de un motivo. A primera vista era Maiakovski el que parecía más rudo, más elemental si se quiere, más épico también. Esenin era más lírico, más campesino, aun bajo la apariencia brutal con que a veces se revestía. Se define a sí mismo como golfo, pícaro y gamberro. Gran aficionado a la bebida, se ahorca al término de tres días de borrachera, presa de un ataque de locura, después de escribir unos versos con su propia sangre. Esenin, a su vez, nos dirá que en esta vida morir no es nada nuevo, que lo difícil no es morir, sino seguir viviendo…
La lista es inabarcable, pero la figura de Stefan Zweig (1881-1942) también debe figurar en ella. La experiencia de la guerra y la decadencia de Europa bajo el nazismo fue mortal para este noble espíritu. Antes de acabar con su vida envenenado en Brasil escribió: “Creo que lo mejor es finalizar, en un buen momento y de pie, una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro, y la libertad personal el bien más preciado de la Tierra”. Y su despedida terminaba: “Saludos a mis amigos. Ojalá puedan ver el amanecer de Europa después de esta larga noche. Yo, demasiado impaciente, me voy antes”.
En el apartado español del suicidio literario hay por último ejemplos muy impactantes. El caso de Ángel Ganivet (1865-1898) arrojándose en Finlandia, donde ejercía de cónsul, a un río helado es ya un símbolo en la España del 98. O el de Gabriel Ferrater (1922-1972), que a punto de cumplir cincuenta años se suicidó atándose una bolsa de plástico a la cabeza. Aunque el suicida español más legendario es Mariano José de Larra (1809-1837). Como él mismo dice al final de su artículo: “¡Aquí yace la esperanza!”. Es decir, aquí está enterrada su propia esperanza. Su vida. Ya que la vida no le dio, a él y a tantos otros, tregua, que ahora descansen en paz.

Critica seria sobre la teta asustada de parte del reconocido Intelectual Cesar Hildebrandt - Domingo de teta y sustos ...gracias a http://bloghildebrandt.blogspot.com/

Hace unos días hice lo que había aplazado durante largos meses: ver “La teta asustada”, la película peruana más exitosa y reconocida de todos los tiempos, una obra que, sin ninguna duda, debe tener méritos y excelencias que este columnista, por alguna razón entre las que no se encuentra la cicatería, no pudo (o no supo) encontrar.
Como alguna vez he confesado, soy un viejo cinéfilo que ha pasado grandes momentos de su vida viendo películas de todos los estilos, todos los géneros, todos los directores y todas las calañas.
Me había resistido a ver “La teta asustada” porque temía que no me gustara (“Madeinusa” me había parecido un buen intento fallido) y porque, si así sucedía, tendría que escribirlo y no callarme como hacen tantos a la hora de mirar la dirección de los vientos.
Y al no callarme –pensé- tendría que enfrentar el callejón oscuro de los adocenados y los nacionalistas del culo que están viendo “antipatriotas” hasta en la sopa (en la sopa de Acurio por ejemplo, que es, como se sabe, sagrada).
De modo, que compré “La teta asustada” en una versión formal –soy de los que jamás compra piratería: no soy un “peruano cabal”- y la vi. Quiero decir, la vimos.
Cuando aparecieron los créditos finales no sabía a qué espectáculo había asistido: ¿era sólo una mala película o era el resumen más brioso de la huachafería vagamente progre y de exportación, esa que PromPerú podría auspiciar junto a algunas ruinas sobreestimadas?
Vamos a ver. Los actores de “La teta asustada” no son buenos y al no ser buenos no sostienen una historia hiperbólica que hubiera requerido un registro realista que compensara tanto exceso. ¡Y es que el realismo incluye también lo actoral y eso es algo que el cine sudamericano, con algunas excepciones, no logra entender!
La fotografía de “La teta asustada” combina las postales distantes, los planos abiertos de un observador frío, con algunos primeros planos voluntaristamente dramáticos y sin sentido y con encuadres gaudianos, retorcidos y amputadores. ¿Fue un aporte al cubismo que hubiese brazos cortados, contraplanos a media caña, manitas sin antebrazos, codos sueltos?
La película es un tour para catalanes y berlineses perversones en torno a un país trágico que Claudia Llosa se ha empeñado en hacer cómico (y, claro, así, en clave de humor negro y de sal gruesa, elude rozar siquiera el origen de todo: la raíz social no de la papa sino de la injusticia y la escisión social).
Como comedia varias veces involuntaria, “La teta asustada” es prodigiosa. Que un ginecólogo le diga al tío que recomendará “otro anticonceptivo” a la niña que tiene una papa en la vagina –dando por hecho que el tubérculo cumple esa función- es como para sonreír.
Que una ricachona tenga su palacete junto a un mercado del Perú profundo –realidades encarnizadamente enemigas separadas apenas por una puerta eléctrica-, ¿es una manera de ahorrar platós, agudizar las contradicciones o hacer una caricatura abreviada y en pocos metros cuadrados del Perú?
Que esa misma señora le diga a la protagonista que tome asiento cuando ésta ya está sentada, no es una distracción de vieja pituca: es la enésima tontería de un dialoguista empeñado en construir personajes oligofrénicos.
La señorita Llosa es una militante del realismo mágico, pero tiene un problema: no es García Márquez; es, más bien, la secretaria visual de Isabel Allende.
De allí, de ese almacén ingenuo de realismo mágico en versión “Coquito” salen, en desfile continuo, el barco que va a cruzar un túnel más estrecho que su diámetro y su altura, la poda con tijerita de uñas de la papa intravaginal, la venta de ataúdes con escudos futbolísticos para hinchas del más allá, el hecho de que la señorita Solier se desmaye y sea intervenida en un quirófano mientras mantiene en una mano crispada un puñado de perlas, los matrimonios masivos sin alcalde, la santa conservación inodora de un cadáver de varios días, el rostro aceradamente inmóvil y casi enyesado de la señorita Solier en su papel de víctima de la teta, la transformación repentina e inconvincente de la señora pianista luego de su concierto.
Todo folclórico y apretado, todo hecho para arrancar exclamaciones de risas, horror y condescendencia entre europeos culposos, oenegistas con mucho millaje y amantes del exotismo.
Y casi todos los personajes de la película exhiben una estupidez cacasena -¿de origen viral, hereditario, antropológico?-, como aquella novia que, teniendo un vestido con una cola de varios metros, está descontenta porque quiere más tela para más cola y que termina, como idiota mayúscula, subiendo al podio inverosímil que Claudia Llosa le ha puesto, no por los peldaños “majestuosos” de aquel armatoste de cartón sino por una escalera de albañil desde la que está a punto de caer.
“La teta asustada” no es una mala película porque retrate con saña de turista pronazi las miserias y pellejerías de la pobreza urbana de Lima ni aluda, con enorme timidez, a las fechorías que sufrieron nuestros campesinos de manos de terroristas y militares. Es mala porque cinematográficamente es un desastre.
La historia no te la crees –no porque sea irreal sino porque está mal contada-, los actores recitan muchas veces frases sin sentido, la señorita Solier canta cuando no debe –es decir, admitámoslo: casi siempre- y hay empalmes que no se explican, lentitudes que nada aportan, destellos visuales –la señorita Solier con una flor en la boca, el despegue de un artilugio impulsado por helio- que terminan por desbaratar la poca lógica interna que le quedaba a la ficción.
El Perú cambió el mundo con el aporte de la papa ancestral. Esta papa intravaginal y casi hidropónica, física y simbólicamente inmunda, no cambiará la historia del cine.
Sé a lo que me expongo con estas líneas. La verdad es que importa un ardite. Peor hubiese sido sumarme al coro extasiado y patriótico de los que creen que el honor nacional está en juego en la
ceremonia del Oscar.
Ni conozco ni envidio ni siento nada por la señorita Llosa. Es más, espero que gane el Oscar y que lo disfrute. Pero eso no me impide decir lo que pienso. Tampoco le temo a sus primos fulminantes ni a sus tíos mitológicos ni a sus vínculos especiales con el agitprop ibérico.
Me alegra que haya tenido la suerte de contar con tantas anuencias internacionales y con tantos píos silencios domésticos. Pero de allí a decir que “La teta asustada” es una “gran película”, como la tetudez colectiva ha impuesto aquí y con letras de neón, hay tanta distancia como la que va de la alfombra roja del teatro Kodak a la posteridad de veras bien ganada.

PELIGRO CARNAVALES! ...gracias a http://www.alvaroportales.pe/




Injusticias de la era Victoriana - niño de trece años a trabajos forzados, cosas de los finos ingleses - ...gracias a http://historiasconhistoria.es/

 

En estos momentos en los que está tan vivo el debate sobre la ley del menor y nos preguntamos cuál es la edad mínima para enviar a alguien a la cárcel, no está de más que echemos un vistazo a cómo trataba la justicia a los niños hace poco más de cien años, concretamente en Inglaterra en plena época victoriana.

Esta es la ficha policial de un niño de 13 años de aquel entonces. Su delito… tirar piedras a un tren.

BIRMINGHAM BOROUGH PRISON,

COUNTY OF WARWICK,
29th June 1872

  • Nombre… Thomas Burns.
  • Edad… 13 años.
  • Estatura… 1,31 m.
  • Pelo… Marrón.
  • Ojos… Grises.
  • Complexión… Débil.
  • Lugar de nacimiento…  Birmigham.
  • Casado o Soltero… Soltero.
  • Ocupación…  Remero.
  • Marcas distintivas… Cicatriz en la frente.
  • Lugar de arresto… Duke Yard Park St Birmingham.
  • Juzgado por jurado o sumariamente…  Sumariamente.
  • Delito…  Arrojar piedras al tren.
  • Sentencia… 4 días de trabajos forzados.

Hay que detallar, por si alguno está pensando que 4 días de trabajos forzados tampoco es un castigo desmesurado, que esos trabajos se cumplían en la prisión de Coldbath Fields, posiblemente una de las peores “Casas del Terror” que ha conocido Londres.



Siguiendo la máxima victoriana de que el esfuerzo mejora el espíritu del hombre, se idearon una serie de artilugios para que las personas que allí entraran endurecieran su espíritu a base de bien.

Uno de los trabajos más duros y que se generalizó por casi todas las prisiones era el de La Noria, definido por un juez de entonces como…  “ el castigo más agotador, desesperante y ejemplar concebido por el ingenio humano ”.


Las sesiones eran de unas seis hora diarias y la mayoría de las veces en completo aislamiento.


También estaba La Manivela, parecido a la noria pero con la fuerza de los brazos.

o el Picking Oakum que consistía en deshilar ropa vieja hilo a hilo para reutilizarlo.


Sin olvidar que los castigos corporales por los motivos más peregrinos estaban también a la orden del día.

Así que como puede verse, cuatro días de trabajos forzados por arrojar piedras al tren, no era moco de pavo.


Más en:

Trabajos Carcelarios en la época victoriana (Exapamicrón. Castellano).

Fuente de las fotos.

Época victoriana. ( The National Archives. Inglés)

Crimen y Castigo en la época victoriana. (The National Archives. Inglés)

http://historiasconhistoria.es/

Donde mueren los machos - la decadencia de las cantinas como lugares de hombres y conversas - ...gracias a http://desconozco-mayormente.blogspot.com/


Los cafés de la cadena Starbucks le arrebatan la exclusividad a las cantinas como espacios públicos donde la amistad masculina se amuralla y se confiesa.

Ir al Starbucks es gay [1]. Las mujeres que leen Cosmopilitan y almuerzan ensalada wellington ya no son las únicas en ser seducidas por los tantos locales de la cadena internacional de cafés. Hoy, los hombres —más regios que nunca— también mueren por sentarse en sus neoliberales sillones y beber café de sus inconfundibles recipientes descartables.

¿Pero qué tipo de hombres? El público masculino del Starbucks se divide en tres. Está el yuppie, ese oficinista de blackberry o iphone y laptop core 2 duo, cuyo vocabulario está plagado de anglicanismos huachafos como ‘target’, ‘benchmark’ o ‘branding’, y su agenda diaria está ocupada por temas y eventos tan importantes como estúpidos. El estudiante universitario, siempre misio, de mochila y laptop Acer o Toshiba, que desperdicia el tiempo que le sobra en Facebook y se aburre mientras se terminan de descargar sus videos en Youtube. Y está también el pseudointelectual de cínico elitismo cultural, vestido con saco de corduroy y chalina aunque sea verano, que lee libros de Bukowski y Auster y escribe en pequeñas libretas de tapa dura, cigarrillo en ristre.

Todos ellos —solos o en grupo— visitan cada vez con menos frecuencia las cantinas, muy diferentes, por cierto, a los bares [2]. Tampoco beben ya esos líquidos de fuego que raspan la garganta, ni comen butifarras, sándwich de jamón del norte o panes con torreja. Nada que ver. Ubícate, cholito. Ahora la voz es el frappuccino de moka —apodado helado de café por el cronista junior Carlos Hurtado de Mendoza, ya que se sirve bien frío y con crema chantilly—, té chai latte y caramel macchiato, entre otros descaros. ¿Y qué piden los chicos para comer? Según me cuenta el atentísimo personal del Starbucks, el cinnamon roll, el quiche de zucchini y el muffin de naranja con choco chips son sus favoritos. Y, claro, la experiencia —tan cool como cabrísima— no puede estar completa sin la compañía de la balsámica Lado B, la revista exclusiva de los Starbucks.

Es allí, en ese sosegado ambiente con wi-fi propio de la epidérmica prosperidad del capitalismo, donde los hombres limeños de la segunda década del siglo XXI se quejan de su mujer, reniegan del gobierno y sus políticos, traman planes para cambiar el mundo y buscan alivio entre otros machos alfa del ayer.

¿Será esta una guerra más entre el Bien y el Mal? ¿Entre el gigante multinacional del fast-coffee y la decadente institución romántica del aserrín ilustrado [3]? Qué importa el escenario, siempre y cuando se mantenga la conversa.


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[1] Beto Ortiz publicó hace un tiempo una crónica en Perú 21 llamada “Todo es gay” en la que enumeró y jerarquizó toda costumbre no heterosexual masculina. Es indispensable que la actualice cada cierto tiempo.

[2] Son tres las grandes diferencias entre bares y cantinas: la oferta etílica, la compañía y el motivo. En el bar hay de todo. Cerveza de chopp, licores duros como el whisky o el vodka y tragos y daiquiris —propios del after office— como el apple martini o el pisco punch. Y vas con quien sea, siempre a reír; nunca se cuentan cosas tristes en un bar. Por el contrario, la cantina es solo para los amigos, con los que puedes hablar de verdad. Se tratan temas trascendentales; se aprende a vivir en la cálida penumbra. Y solo se bebe cerveza en botella, ron y hasta pisco. Punto.

[3] Eloy Jáuregui, dixit.

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El Laberinto Mortal de Iwo Jima ...gracias a http://historiasconhistoria.es/

Bombardeos sobre Iwo Jima previos al desembarco.

La Batalla de Iwo Jima fue uno de los episodios más sangrientos de la Guerra del Pacífico y los 36 días que duraron los combates en la isla han quedado registrados como los más sangrientos en la historia del cuerpo de Marines de los Estados Unidos. Durante ese largo mes, murieron más de 6.000 americanos y otros 20.000 fueron heridos. Por otra parte, de los 21.000 defensores japoneses, apenas hubo 1.000 supervivientes.

El motivo de semejante carnicería hay que buscarla en la orden que recibieron los soldados japoneses.

Cada hombre debe considerar su posición defensiva como su propia tumba, combatir hasta el fin y causar al enemigo la mayor cantidad de bajas posibles.


Si a esta orden (llevada hasta las últimas consecuencias) le sumamos que cada puesto defensivo formaba parte de un laberinto de túneles que los convertían en trampas mortales, no es de extrañar que Iwo Jima se convirtiera en la peor pesadilla de los Marines.

Iwo Jima en Google Maps

La isla de Iwo Jima es poco más que un pedrusco de 21 km cuadrados pero que se encuentra a unos 1.200 kilómetros de Tokyo y con una orografía relativamente llana, lo que le permitía albergar un par de aeródromos. Ideal como base desde donde lanzar bombardeos contra Japón. De ahí el empeño de los estadounidenses por tomar la isla y de los japoneses por defenderla.


Momento del comienzo del desembarco


Para la defensa, los japoneses crearon un intrincado laberinto de túneles que se comunicaban entre sí y que estaban proyectados para dar la máxima protección, efectividad y las mayores posibilidades de escapar.



Dibujo realizado por un ingeniero de la Marina Norteamericana. En él está representado el laberinto de galerías defensivas de la isla.


Las defensas más peligrosas eran unas llamadas,  “Madriguera de conejo”.



Cuando los Marines localizaban una de estas y se disponían a neutralizarla, el defensor japones retrocedía por debajo de ellos hasta situarse a sus espaldas. Además, si eso no fuera posible, siempre le quedaba la opción de moverse hasta otro puesto en una posición más elevada o simplemente la de escapar por los túneles.




Y por supuesto, si los Marines decidían entrar a perseguirlos, les esperaban innumerables trampas, ángulos muertos o callejones sin salida donde podían ser emboscados. (En la ilustración, abajo a la izquierda, se representa una trampa con estacas de bambú)

El 26 de Marzo de 1945 la isla es tomada en su totalidad. Conocida por todos es la fotografía de unos Marines levantando la bandera en la cima de Iwo Jima. Fotografía, por cierto, rodeada de cierta controversia.


( Recomendable a quien le interese el tema, ver las  películas de Clint Eastwood:  Cartas desde Iwo Jima  y Banderas de nuestros padres )

Visto e ilustraciones de  la colección:

Así Fue la II Guerra Mundial de Noguer,  Rizzoli, Furner.

Más en:

Como nota sabionda, añadir que  la isla de Iwo Jima fue descubierta por un español llamado Bernardo de la Torre.

http://historiasconhistoria.es/

Vida del poeta Charles - vida de un poeta sin hogar, callejero, un bardo- ...gracias a Guía para perplejos

Brian L. Frank (The Wall Street Journal)

Charles Pitts conoce los mejores puntos de la ciudad para conseguir una buena conexión. A menudo se le ve por el H2O Café de Polk Street, bajo las escaleras mecánicas de una estación o en algún otro rincón donde una wifi le permite conectarse hasta que su portátil se queda sin batería.

 

En las fotografías de The Wall Street Journal, Charles aparece con su ordenador bajo el puente en el que vive, o absorto frente a la pantalla junto a otro indigente que se protege del frío. El reportaje, publicado en mayo del año pasado, le describe como uno de los muchos “sin techo” que vagan por San Francisco y que, aunque carecen de los medios básicos para vivir, no han renunciado a la tecnología.

“No necesitas la televisión”, dice Pitts en el artículo, “no necesitas la radio. Ni siquiera necesitas los periódicos. Pero necesitas Internet”. Charles tiene perfiles en Facebook, Twitter y Myspace y se comunica con sus amigos por email. Vive en la calle desde hace casi tres años, no tiene un techo ni pertenencias de valor, pero tiene 340 amigos ‘virtuales’.

Una de sus preocupaciones cotidianas, además de conseguir conexión, es cargar la batería del portátil, o sustituirlo cuando éste se avería o se rompe. Ha tenido un Toshiba, un Dell y trata de conseguir un modelo mejor. Tiene una lista mental de los lugares donde puede recargar las baterías y de los cafés donde le permiten estar un buen rato conectado sin llamarle la atención.

En las largas noches bajo el puente, Charles se pasa las horas escribiendo poemas que cuelga en Myspace o quejándose del trato de la policía. En los últimos tiempos se ha convertido en una especie de adicto a Mafia Wars, un juego virtual que le permite llevar otra vida y reclutar a otros jugadores para construir su propio imperio criminal. Su muro de Facebook está lleno de llamamientos para realizar tal o cual operación, para unirse a su causa o acompañarlo hasta Moscú.

En Twitter, Charles es @poetcharles y allí deja caer algunas ocurrencias. Pensando en montar una banda de Death Metal con un ukelele que he encontrado en la basura, escribe un día. Descargándome vídeos de bailes de Bollywood, pensando en tomar unas clases, dice otro. A veces, en un arrebato de lucidez se pregunta cuál será el próximo giro loco que dará su vida.

Con su gorra de punto púrpura y su chándal amarillo, Charles se ha convertido en parte del paisaje de San Francisco. Otra periodista, recopilando historias sobre los “sin techo” de la ciudad, le describe como alguien que se ha hartado del sistema y que prefiere dormir en su pequeño rincón, lejos de los albergues. “Realmente ellos no te ayudan a mejorar”, se queja Charles, “solo están intentando quebrar tu voluntad… piensan que la poesía no es un trabajo de verdad”.

Su aparición en las páginas de The Wall Street Journal le proporcionó una gloria pasajera. Durante unos días, algunas personas se interesaron por él y sus circunstancias, pero su vida siguió más o menos igual. Unas semanas después, resumió su situación con un poema que publicó en Myspace, bajo el título The story WSJ.

“No ha cambiado mucho desde que mi historia fue publicada /
todavía luchando con las cosas del día a día, /
empiezo a notar que los humos tóxicos /
de los coches que pasan afectan a mi cuerpo /
asustado de dormir en las aceras por miedo que me arresten (…)/
La gente importante de la ciudad conoce mi situación /
y solo me dicen /
“buena historia”.

Enlace: On the Street and On Facebook: The Homeless Stay Wired (The Wall Street Journal).
Via: @elbauldejosete

momentos - algunas verdades por el dia de los enamorados ...gracias a http://www.davidgalliquio.blogspot.com/

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