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SUPAY-666

El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti.. por Mario Vargas Llosa,

El viaje a la ficción

por Mario Vargas Llosa

En los albores de la humanidad la tribu se reunía para trascender, mediante la magia de las palabras, su temible realidad. Hoy leemos, escribimos y renovamos día con día nuestras fábulas para ejercer inteligentemente la libertad y alimentar un mundo que de otro modo moriría de agotamiento. Mario Vargas Llosa repasa en estas páginas la fascinante historia de la ficción.

Retrocedamos a un mundo tan antiguo que la ciencia no llega a él y la que dice que llega no nos convence, pues sus tesis y conjeturas nos parecen tan aleatorias y evanescentes como la fantasía y la ficción.

Se diría que el tiempo no existe todavía. Todas las referencias que puntúan su trayectoria aún no han aparecido y quienes viven inmersos en él carecen de la conciencia del transcurrir, del pasado y del futuro, e incluso de la muerte, a tal extremo se hallan prisioneros de un continuo presente que les impide ver el antes y el después. El presente los absorbe de tal manera en su afán de sobrevivir en esa inconmensurable inmensidad que los circunda que sólo el ahora, el instante mismo en que se está, consume su existencia. El hombre ya no es un animal pero resultaría exagerado llamarlo humano todavía. Está erecto sobre sus extremidades traseras y ha comenzado a emitir sonidos, gruñidos, silbidos, aullidos, acompañados de una gesticulación y unas muecas que son las bases elementales de una comunicación con la horda de la que forma parte y que ha surgido gracias a ese instinto animal que, por el momento, le enseña lo más importante que necesita saber: qué es imprescindible para poder sobrevivir a la miríada de amenazas y peligros que lo rodean en ese mundo donde todo –la fiera, el rayo, el agua, la sequía, la serpiente, el insecto, la noche, el hambre, la enfermedad y otros bípedos como él– parece conjurado para exterminarlo.

El instinto de supervivencia lo ha hecho integrarse a la horda con la que puede defenderse mejor que librado a su propia suerte. Pero esa horda no es una sociedad, está más cerca de la manada, la jauría, el enjambre o la piara que de lo que, al cabo de los siglos, llamaremos una comunidad humana.

Desnudos o, si la inclemencia del tiempo lo exige, envueltos en pellejos, esos raleados protohombres están en perpetuo movimiento, entregados a la caza y la recolección, que los llevan a desplazarse continuamente en busca de parajes no hollados donde sea posible encontrar el sustento que arrebatan al mundo natural sin reemplazarlo, como hacen los animales, vasta colectividad de la que aún forman parte, de la que apenas están comenzando a desgajarse.

Coexistir no es todavía convivir. Este último verbo presupone un elaborado sistema de comunicación, un designio colectivo, compartido y cimentado en denominadores comunes, como lenguaje, creencias, ritos, adornos y costumbres. Nada de eso existe todavía: sólo ese quién vive, esa pulsación prelógica, ese sobresalto de la sangre que ha llevado a esos semianimales sin cola que empuñan pedruscos o garrotes debido a su falta de garras, colmillos, veneno, cuernos y demás recursos defensivos y ofensivos de que disponen los otros seres vivientes, a andar, cazar y dormir juntos para así protegerse mejor y sentir menos miedo.

Porque, sin duda, la experiencia cotidiana ha hecho que de todos los sentimientos, deseos, instintos, pasiones aún dormidos en su ser, el que primero se desarrollara en él en ese su despertar a la existencia haya sido el miedo.

El pánico a lo desconocido que es, de hecho, todo lo que está a su alrededor, el porqué de la oscuridad y el porqué de la luz, y si aquellos astros que flotan allá arriba, en el firmamento, son bestias aladas y mortíferas que de pronto caerán vertiginosamente sobre él a fin de devorarlo. ¿Qué peligros esconde la boca negra de esa caverna donde quisiera guarecerse para escapar del aguacero, o las aguas profundas de esa laguna a la que se ha inclinado a beber o el bosque en el que se interna en pos de refugio y alimento? El mundo está lleno de sorpresas y para él casi todas las sorpresas son mortíferas: la picadura del crótalo que se ha acercado sinuosamente a sus pies reptando entre la hierba, el rayo que ilumina la tempestad e incendia los árboles o la tierra que de pronto se echa a temblar y se cuartea y raja en hendiduras que roncan y quieren tragárselo. La desconfianza, la inseguridad, el recelo hacia todo y hacia todos es su estado natural y crónico, algo de lo que sólo lo dispensan, por brevísimos intervalos, esos instintos que satisface cuando duerme, fornica, traga o defeca. ¿Ya sueña o todavía no? Si ya lo hace, sus sueños deben ser tan pedestres y ferales como lo es su vida, una duplicación de su constante trajín para asegurarse el alimento y matar antes de que lo maten.

Los antropólogos dicen que, después de alimentarse, adornarse es la necesidad más urgente en el primitivo. Adornarse, en ese estadio de la evolución humana, es otra manera de defenderse, un santo y seña, un conjuro, un hechizo, una magia para ahuyentar al enemigo visible o invisible y contrarrestar sus poderes, para sentirse parte de la tribu, para darse valor y vacunarse contra el miedo cerval que lo acompaña como su sombra día y noche.

El paso decisivo en el proceso de desanimalización del ser humano, su verdadera partida de nacimiento, es la aparición del lenguaje. Aunque decir “aparición” es falaz, pues reduce a una suerte de hecho súbito, de instante milagroso, un proceso que debió tomar siglos. Pero no hay duda de que cuando, en esas agrupaciones tribales primitivas, los gestos, gruñidos y ademanes fueron siendo sustituidos por sonidos inteligibles, vocablos que expresaban imágenes que a su vez reflejaban objetos, estados de ánimo, emociones, sentimientos, se franqueó una frontera, un abismo insalvable entre el ser humano y el animal. La inteligencia ha comenzado a reemplazar al instinto como el principal instrumento para entender y conocer el mundo y a los demás y ha dotado al ser humano de un poder que irá dándole un dominio inimaginable sobre lo existente. El lenguaje es abstracción, un proceso mental complejo que clasifica y define lo que existe dotándolo de nombres, que, a su vez, se descomponen en sonidos –letras, sílabas, vocablos– que, al ser percibidos por el oyente, inmediatamente reconstruyen en su conciencia aquella imagen suscitada por la música de las palabras. Con el lenguaje el hombre es ya un ser humano y la horda primitiva comienza a ser una sociedad, una comunidad de gentes que, por ser hablantes, son pensantes.

Estamos a las puertas de la civilización pero aún no dentro de ella. Los seres humanos hablan, se comunican, y esa complicidad recóndita que el lenguaje establece entre ellos multiplica su fuerza, es decir, su capacidad de defenderse y de hacer daño. Pero a mí me cuesta todavía hablar de una civilización en marcha frente al espectáculo de esos hombres y mujeres semidesnudos, tatuados y claveteados, llenos de amuletos, que siembran el bosque de trampas y envenenan sus flechas para diezmar a otras tribus y sacrificar a los hombres y mujeres que las pueblan a sus bárbaras divinidades o comérselos a fin de apropiarse de su inteligencia, sus artes mágicas y su poderío.

Para mí, la idea del despuntar de la civilización se identifica más bien con la ceremonia que tiene lugar en la caverna o el claro de bosque en donde vemos, acuclillados o sentados en ronda, en torno a una fogata que espanta a los insectos y a los malos espíritus, a los hombres y mujeres de la tribu, atentos, absortos, suspensos, en ese estado que no es exagerado llamar de trance religioso, soñando despiertos, al conjuro de las palabras que escuchan y que salen de la boca de un hombre o una mujer a quien sería justo, aunque insuficiente, llamar brujo, chamán, curandero, pues aunque también sea algo de eso, es nada más y nada menos que alguien que también sueña y comunica sus sueños a los demás para que sueñen al unísono con él o ella: un contador de historias.

Quienes están allí, mientras, embrujados por lo que escuchan, dejan volar su imaginación y salen de sus precarias existencias y viven otra vida –una vida de a mentiras, que construyen en silenciosa complicidad con el hombre o la mujer que, en el centro del escenario, fabula en voz alta–, realizan, sin advertirlo, el quehacer más privativamente humano, el que define de manera más genuina y excluyente esa naturaleza humana en ese entonces todavía en formación: salir de sí mismo y de la vida tal como es mediante un movimiento de la fantasía para vivir por unos minutos o unas horas en sucedáneo de la realidad real, esa que no escogemos, la que nos es impuesta fatalmente por la razón del nacimiento y las circunstancias, una vida que tarde o temprano sentimos como una servidumbre y una prisión de la que quisiéramos escapar. Quienes están allí, escuchando al contador, arrullados por las imágenes que vierten sobre ellos sus palabras, ya antes, en la soledad e intimidad, habían perpetrado, por instantes o ráfagas, esos exorcismos y abjuraciones a la vida real, fantaseando y soñando. Pero convertir aquello en una actividad colectiva, socializarla, institucionalizarla, es un paso trascendental en el proceso de humanización del primitivo, en la puesta en marcha o arranque de su vida espiritual, del nacimiento de la cultura, del largo camino de la civilización.

Inventar historias y contarlas a otros con tanta elocuencia como para que estos las hagan suyas, las incorporen a su memoria –y por lo tanto a sus vidas– es ante todo una manera discreta, en apariencia inofensiva, de insubordinarse contra la realidad real. ¿Para qué oponerle, añadirle, esa realidad ficticia, de a mentiras, si ella nos colmara? Se trata de un entretenimiento, qué duda cabe, acaso del único que existe para esos ancestros de vidas animalizadas por la rutina que es la búsqueda del sustento cotidiano y la lucha por la supervivencia. Pero imaginar otra vida y compartir ese sueño con otros no es nunca, en el fondo, una diversión inocente. Porque ella atiza la imaginación y dispara los deseos de una manera tal que hace crecer la brecha entre lo que somos y lo que nos gustaría ser, entre lo que nos es dado y lo deseado y anhelado que es siempre mucho más. De ese desajuste, de ese abismo entre la verdad de nuestras vidas vividas y aquella que somos capaces de fantasear y vivir de a mentiras, brota ese otro rasgo esencial de lo humano que es la inconformidad, la insatisfacción, la rebeldía, la temeridad de desacatar la vida tal como es y la voluntad de luchar por transformarla, para que se acerque a aquella que erigimos al compás de nuestras fantasías.

Cuando surgen los contadores de historias en la humana tribu –y ellos aparecen siempre, sin excepciones, en esas comunidades primitivas que evolucionarán luego en culturas y civilizaciones– aquella ha empezado ya inevitablemente a progresar –a superar obstáculos, a enriquecer sus conocimientos y sus técnicas– espoleada, sin saberlo, por esos oficiantes hechiceros que pueblan sus tardes o noches vacías con historias inventadas.

¿Cómo eran estos primeros contadores de historias, anónimos, remotos, tan antiguos casi como los lenguajes que ayudaron a forjar y les permitieron la existencia? ¿Qué historias contaban estos prehistóricos colegas, embriones o piedras miliares de los futuros novelistas? ¿Y qué significaban para las vidas de esos hombres y mujeres de la aurora de la historia aquellos primeros cuentos y relatos que desde entonces fueron creando, junto y dentro de la vida real, otra vida paralela, invisible, de mentiras, de palabras, pero rica, diversa e intensa, y, aunque siempre de modo difícil de cuantificar, enredada y fundida con la otra, la de verdad, la que ella, de manera sutil y misteriosa, impregna, contagia e inficiona, corrigiéndola, orientándola, coloreándola, complementándola y contradiciéndola?

Desde el mes de agosto de 1958 y gracias a una experiencia que viví sin sospechar entonces la importancia que tendría en mi vida, me he hecho muchas veces esas preguntas y he imaginado las posibles respuestas, y hasta he escrito una novela que me absorbió enteramente por dos años, El hablador, que es una imaginaria averiguación de esos albores de la civilización cuando aparecieron, con los contadores de historias, los gérmenes de lo que, pasado el tiempo y con la aparición de la escritura, llamaríamos la literatura.

Ocurrió en una amplia cabaña de Yarinacocha –el Lago de Yarina– en los alrededores de Pucallpa, en la Amazonía peruana, en agosto de 1958.

Yo formaba parte de una pequeña expedición que habían organizado la Universidad de San Marcos y el Instituto Lingüístico de Verano para un antropólogo mexicano de origen español, el doctor Juan Comas, que quería visitar las tribus del Alto Marañón. La expedición partiría al día siguiente de Yarinacocha donde tenía su central de operaciones el Instituto Lingüístico de Verano, cuyo fundador, Guillermo Townsend, un amigo y biógrafo de Lázaro Cárdenas, estuvo allí aquella noche con nosotros. La reunión tuvo lugar después de una temprana cena. Recuerdo que varios lingüistas –eran lingüistas y misioneros a la vez, pues el instituto, al mismo tiempo que aprendía las lenguas aborígenes y elaboraba gramáticas y vocabularios de ellas, tenía como designio la traducción de la Biblia a esas lenguas– nos hicieron exposiciones sobre las comunidades aguarunas, huambisas y zarpas que visitaríamos en el viaje. Pero todo eso se me ha ido confundiendo y borrando en la memoria de aquella noche, porque, para mí, lo emocionante e inolvidable de la sesión ocurrió al final, cuando tomaron la palabra los esposos Wayne y Betty Snell. Jóvenes todavía, esta pareja de lingüistas había pasado ya varios años –él desde 1951 y ella desde 1952– conviviendo con una pequeña comunidad machiguenga, en la región limitada por los ríos Urubamba, Paucartambo y Mishagua, que, hasta la llegada de ellos a ese paraje, había vivido sin contacto alguno con la “civilización”.

Betty y Wayne Snell nos explicaron la cuidadosa estrategia que habían desarrollado para vencer la desconfianza de los machiguengas –desnudándose para acercarse a sus cabañas y dejándoles regalos, por ejemplo, y luego retirándose para que supieran que venían en son de paz– hasta ser aceptados y alojados por ellos. También, los difíciles primeros tiempos de convivencia en el nuevo hábitat, y su entusiasmo al ir poco a poco aprendiendo las costumbres y ritos de sus huéspedes y familiarizándose con el idioma machiguenga.

Pero lo que mi memoria conserva como más vívido y apasionante de aquella noche, un recuerdo que nunca más se eclipsaría y, más bien, con el tiempo, recobraría cada vez su fosforescencia contagiosa, fue aquello que, en un momento dado, nos contó Wayne Snell. Estaba solo con los machiguengas porque Betty había salido de viaje, tal vez a la central de Yarinacocha. Advirtió, de pronto, que cundía una agitación inusitada en la comunidad. ¿Qué ocurría? ¿Por qué estaban todos, hombres y mujeres, chicos y viejos, tan exaltados? Le explicaron que iba a llegar “el hablador”. (Wayne Snell pronunció una palabra en machiguenga y dijo que el equivalente podría ser eso, “hablador”.) Los machiguengas lo invitaron a escucharlo, junto con ellos. Este es el momento de su historia que a mí me quitaría el sueño muchas noches, que cientos de veces retrotraería para volverlo a oír e imaginármelo, que sometería a un escrutinio enfermizo, al que, con sólo cerrar los ojos, imaginaría los meses y años futuros de mil maneras diferentes. Wayne Snell no tenía un buen recuerdo de aquella noche entera –sí, entera– que pasó, sentado en la tierra, en un claro del bosque, rodeado de todos los machiguengas de la comunidad, escuchando al hablador. Lo que él recordaba sobre todo era la unción, el fervor, con que todos lo escuchaban, la avidez con que bebían sus palabras y cuánto se alegraban, reían, emocionaban o entristecían con lo que contaba. Pero ¿qué era lo que el hablador les contaba? Wayne Snell ya sabía la lengua pero no comprendía todo lo que aquél decía. Sí lo bastante para entender que aquel monólogo era un verdadero popurrí u olla podrida de cosas disímiles: anécdotas de sus viajes por la selva, y de las familias y aldeas que visitaba, chismografías y noticias de aquellos otros machiguengas dispersos por la inmensidad de las selvas amazónicas, mitos, leyendas, habladurías, seguramente invenciones suyas o ajenas, todo mezclado, enredado, confundido, lo que no parecía molestar en absoluto a sus oyentes, que vivieron aquella larga noche –a diferencia de Wayne Snell, a quien le dolían todos los huesos y los músculos por la incómoda postura, pero no se atrevía a partir para no herir la susceptibilidad de los demás oyentes– en estado de incandescencia espiritual. Luego, cuando el hablador partió, en toda la comunidad siguieron rememorando su venida muchos días, recordando y repitiendo lo que aquél les contaba.

Como me ha ocurrido con casi todas las experiencias vividas que luego se han convertido en materia prima de mis novelas u obras de teatro, aquello que oí, esa noche de agosto de 1958, en un bungalow a orillas de Yarinacocha, a los esposos Snell, quedó primero firmemente almacenado en mi memoria, y en los meses y años siguientes, en Madrid, mientras escribía mi primera novela, y en París, cuando escribía la segunda, y en Lima o Londres o Estados Unidos mientras fabulaba la tercera y la cuarta, o en Barcelona, Brasil, Lima de nuevo, mientras seguía escribiendo otras historias y pasaban los años, aquel recuerdo volvía una y otra vez, siempre con más fuerza y urgencia, y, desde algún momento que no sabría precisar, acompañado ya de la intención de escribir alguna vez una novela a partir de aquellas imágenes que me dejaron en la memoria los esposos Snell en mi primer viaje a la Amazonía.

Muchas veces no sé por qué ciertas cosas vividas se me convierten en estímulos tan poderosos –casi en exigencias fatídicas, inexcusables– para inventar a partir de ellas historias ficticias. Pero en el caso de “el hablador” machiguenga sí creo saber por qué la imagen de esa pequeña comunidad de hombres y mujeres recién salidos, o sólo en trance de empezar a salir, de la prehistoria, excitada y hechizada a lo largo de toda una noche por los cuentos de ese contador ambulante, me conmovía tanto. Porque aquel hombre que recorría las selvas yendo y viniendo entre las familias y aldeas machiguengas era el sobreviviente de un mundo antiquísimo, un embajador de los más remotos ancestros, y una prueba palpable de que allí, ya entonces, en ese fondo vertiginosamente alejado de la historia humana, antes todavía de que empezara la historia, ya había seres humanos que practicaban lo que yo pretendía hacer con mi vida –dedicarla a inventar y contar historias– y, además, sobre todo, porque allí, en esos albores del destino humano, aquel hablador y su relación tan entrañable con su comunidad eran la prueba tangible de la importantísima función que cumplía la ficción –esa vida de mentiras soñada e inventada de los contadores de cuentos– en una comunidad tan primitiva y separada de la llamada “civilización”. No había duda: aquello iba mucho más lejos de la mera diversión, aunque, por supuesto, escuchar al hablador fuera para los machiguengas la diversión suprema, un espectáculo que los embelesaba y hacía vivir, mientras lo escuchaban, una vida más rica y diversa que sus pedestres vidas cotidianas. Gracias a sus habladores, que eran como un sistema sanguíneo que llevaba y traía historias que les concernían a todos, los machiguengas, pulverizados en una vasta región en comunidades minúsculas casi sin contacto entre sí, tenían conciencia de pertenecer a una misma cultura, a un mismo pueblo, y conservaban vivos, gracias a aquellas narraciones, un pasado, una historia, una mitología, una tradición, pues, por el testimonio de Wayne Snell, era clarísimo que de todo esto estaba compuesto –como en una manta de retazos– el discurso del hablador machiguenga.

Sólo en 1985 me puse a trabajar sistemáticamente en El hablador. Para entonces había leído y anotado todos los artículos y trabajos etnológicos, folclóricos y sociológicos a los que había podido echar mano sobre los machiguengas. Pero sólo entonces lo hice a tiempo completo, pasando muchas horas en bibliotecas y consultando a antropólogos o misioneros dominicanos (que han tenido y tienen aún misiones en territorio machiguenga). Además, cuando terminé una primera versión de la novela, hice un viaje a la Amazonía, con Vicente y Lorenzo de Szyszlo y el antropólogo Luis Román que llevaban algún tiempo haciendo trabajo social y de investigación en comunidades machiguengas del alto y medio Urubamba y afluentes. Visité algunas de ellas y pude conversar con los nativos así como con criollos y misioneros de la zona. Antes, en 1981, con ayuda del Instituto Lingüístico de Verano, había visitado las primeras aldeas machiguengas de la historia: Nueva Luz y Nuevo Mundo, donde, con alegría, me encontré con los esposos Snell, a quienes no había vuelto a ver desde aquella noche de 1958. Recuerdo todavía la cara de estupefacción de ambos cuando, en Nueva Luz, tomando una infusión de yerbaluisa y mientras los izangos me devoraban los tobillos, les dije que lo que les había oído contar veintitrés años atrás sobre los machiguengas, y más precisamente sobre el hablador, me había acompañado todo este tiempo y que estaba decidido a escribir una novela inspirada en ese personaje de su historia. Los Snell no podían creer lo que yo les decía. Ya tenían una edición de la Biblia en machiguenga, que me mostraron, y ambos habían publicado trabajos lingüísticos, gramaticales y vocabularios sobre esa comunidad que ahora –en 1981– veían, felices, agruparse en localidades, desarrollar actividades agrícolas y elegir “caciques”, autoridades, algo que antes no habían tenido nunca.

Toda esa investigación fue apasionante y recuerdo los dos años que dediqué a El hablador con gratitud y nostalgia. Pero una de mis grandes sorpresas en el curso de esa investigación fue lo poco que encontré, en lo mucho que leí, sobre los “habladores” o contadores de cuentos machiguengas. No podía explicármelo. Había algunas referencias al paso sobre ellos en algunos cronistas viajeros del siglo XIX, como el francés Charles Wiener y en los informes o memorias de las misiones dominicanas –el “hablador” jamás aparecía con esa denominación– pero casi nada en los antropólogos y etnólogos que habían trabajado sobre los machiguengas contemporáneos. Algunos de los críticos que han estudiado mi novela, como Benedict Anderson, que le dedicó un sutil y penetrante estudio,* deducen por eso que, como no está documentado por los científicos sociales, aquello de los “habladores” machiguengas es una invención mía. ¡Qué más quisiera yo que haberme inventado a ese personaje formidable! Aunque, a veces, la memoria me ha jugado algunas pasadas y me ha hecho confundir recuerdos vividos con recuerdos inventados en el proceso de gestar una novela, en este caso metería mis manos al fuego y juraría que aquella historia del “hablador” se la oí a Wayne Snell tal como mi memoria la ha conservado hasta ahora, medio siglo después.

Cuando volví a ver a los Snell, en 1981, en el poblado de Nueva Luz, él recordaba apenas aquella sesión nocturna en Yarinacocha de 1958 (y, a mí, menos aún). Cuando yo le mencioné al “hablador”, él y su esposa, Betty, y el joven cacique o jefe de la comunidad, cambiaron frases en machiguenga, se consultaron, y, finalmente, poniéndose de acuerdo, pronunciaron ese nombre que yo he estampado en la dedicatoria de El hablador: “kenkitsatatsirira”. Sí, dijeron, se podía traducir por “hablador” o “contador”. Pero la verdad es que ninguno de los tres me pudo dar datos más precisos sobre los habladores. Y, de los machiguengas con los que hablé, directamente, o a través de intérpretes, en el alto y el medio Urubamba, siempre obtuve respuestas vagas y evasivas cada vez que los interrogué sobre los habladores.

¿Me soñé con todo aquello, pues? Estoy seguro que no. Y estoy seguro, también, de que los “habladores” no son criaturas de mi imaginación. Existen y, ahora mismo, alguno de ellos está recorriendo los bosques o hablando, hablando, en los claros o aldeas de la tribu, ante una ronda de caras crédulas y maravilladas.

¿Por qué los ocultan? ¿Por qué no han hablado más de ellos a los forasteros? ¿Por qué los informantes machiguengas que han proporcionado tanto material a etnólogos y antropólogos sobre sus mitos y leyendas, sobre sus creencias y costumbres, sobre su pasado, han sido tan reservados en torno a una institución que, sin la menor duda, ha representado y debe representar todavía algo central en la vida de la comunidad? Tal vez por la razón que inventé en mi novela El hablador para explicar ese silencio pertinaz: a fin de mantener dentro del secreto de las cosas sagradas de la tribu, amparado por un pacto tácito o tabú, algo que pertenece a lo más íntimo y privado de la cultura machiguenga, algo que, de manera intuitiva y certera, los machiguengas, que en el curso de su historia han sido despojados ya de tantas cosas –tierras, sembríos, dioses, vidas–, sienten que deben mantener a salvo de una contaminación y manoseo que lo desnaturalizaría y despojaría de su razón de ser: mantener viva el alma machiguenga, lo propio, lo intransferible, su naturaleza espiritual, su realidad emblemática y mítica. Pues todo eso es lo que representa el hablador para ellos. O, acaso, la curiosidad de los científicos sociales jamás concedió la importancia debida a esos contadores de cuentos primitivos, aunque algunos de ellos, como el padre Joaquín Barriales (O.P.), recopilador y traductor de algunos hermosos poemas y leyendas machiguengas, se hayan interesado por su folclore y mitología.

En todo caso, una cosa es universalmente sabida: la ficción, esa otra realidad inventada por el ser humano a partir de su experiencia de lo vivido y amasada con la levadura de sus deseos insatisfechos y su imaginación, nos acompaña como nuestro ángel de la guarda desde que allá, en las profundidades de la prehistoria, iniciamos el lento y zigzagueante camino que, al cabo de los milenios, nos llevaría a viajar a las estrellas, a dominar el átomo y a prodigiosas conquistas en el dominio del conocimiento y la brutalidad destructiva, a descubrir los derechos humanos, la libertad, a crear al individuo soberano. Probablemente ninguno de esos descubrimientos y avances en todos los dominios de la experiencia hubieran sido posibles si, mirando a nuestras espaldas millones de años atrás, no descubriéramos a nuestros antepasados de los tiempos de la caverna y el garrote, entregados a esa iniciativa ingenua e infantil, seguramente cuando, en la hora cumbre del pánico, la noche oscura, apretados contra otros cuerpos humanos en busca de calor, se ponían a divagar, a viajar mentalmente, antes de que el sueño los venciera, a un mundo distinto, a una vida menos ardua, con menos riegos, o más premios y logros de los que les permitía la realidad vivida. Ese viaje mental fue, es, el principio de lo mejor que le ha pasado a la sociedad humana, pero también, sin duda, de muchas de sus tragedias, porque abandonarse a los sortilegios de la imaginación empujados por nuestros deseos no sólo nos descubre lo que hay de altruista, generoso y solidario en el corazón humano, también esos demonios, apetitos destructores, de feroz irracionalidad, que suelen anidar también entreverados con nuestros sueños más benignos.

La literatura es una hija tardía de ese quehacer primitivo, inventar y contar historias, que humanizó a la especie, la refinó, convirtió el acto instintivo de la reproducción en fuente de placer y en ceremonia artística –el erotismo– y disparó a los humanos por la ruta de la civilización, una forma sutil y elevada que sólo fue posible con la escritura que aparece en la historia muchos miles de años después de los lenguajes. ¿Alteró sustancialmente la escritura –la literatura– el viaje a la ficción que emprendían juntos los primitivos cada vez que se reunían a oír contar historias a sus contadores de cuentos? Esencialmente, no. La escritura dio a las historias una forma más ceñida y cuidada, y las hizo más personales, complejas y elaboradas, diversificándolas, sutilizándolas hasta dotar a algunas de ellas de dificultades que las volvían inaccesibles al lector común y corriente, algo que de por sí era inconcebible en el género de ficciones orales dirigidas al conjunto de la comunidad.

Y por otra parte, la escritura dio a las ficciones una estabilidad y permanencia que no podían tener las ficciones orales, transmitidas de padres a hijos y de generación en generación, de pueblo a pueblo y de cultura en cultura, que, como muestran todas las recopilaciones que se han hecho de esos relatos, leyendas y gestas conservadas por tradición oral a lo largo de los años, se diversifican y transforman hasta no parecer provenir de un tronco común ni guardar parentesco entre sí.

Pero, descontando las variantes formales y la metamorfosis a que está sometida inevitablemente la literatura oral, hay una inequívoca línea de continuidad entre aquella y la escrita, entre la ficción contada y escuchada y la leída, por lo menos en lo que ambas representan en su origen y designio: un movimiento mental del desvalido ser humano para salir de la jaula en que transcurre su vida y alcanzar una libertad e iniciativa que lo hace escapar del espacio y del tiempo en que transcurre su existencia, y extiende y profundiza sus experiencias haciéndolo vivir, como en una metamorfosis mágica, otras acciones, aventuras, pasiones, y le permite adueñarse de toda clase de destinos, aun los más estrafalarios y riesgosos, que las ficciones bien concebidas y contadas –las ficciones persuasivas–, oídas o leídas, incorporan a sus vidas.

Esta vida de mentiras que es la ficción, que vivimos cuando viajamos, solos o acompañados (escuchando a los habladores o leyendo a cuentistas y novelistas) hacia esos universos creados por la imaginación y los apetitos humanos, no debe ser considerada una mera réplica de la vida de verdad, la vida objetivamente vivida, aunque ésta sea la tendencia con que suelen estudiarla los científicos sociales que, valiéndose de la literatura oral y escrita, ven en ésta un documento sociológico e histórico para conocer las intimidades de una sociedad. En verdad, la ficción no es la vida sino una réplica a la vida que la fantasía de los seres humanos ha construido añadiéndole algo que la vida no tiene, un complemento o dimensión que es precisamente lo ficticio de la ficción, lo propiamente novelesco de la novela, aquello de lo que la vida real carece, pero que deseábamos que tuviera –por ejemplo un orden, un principio y un fin, una coherencia y mil cosas más– y para poder tenerlo debimos inventarlo a fin de vivirlo en el sueño lúcido en el que se viven las ficciones.

Éste es un tema largo y complejo sobre el que no debo ni puedo extenderme aquí, sólo apuntarlo en este somero croquis de la antigüedad y razón de ser de la ficción en la vida de los seres humanos. Es un error creer que soñamos y fantaseamos de la misma manera que vivimos. Por el contrario, fantasea-mos y soñamos lo que no vivimos, porque no lo vivimos y quisiéramos vivirlo. Por eso lo inventamos: para vivirlo de a mentiras, gracias a los espejismos seductores de quien nos cuenta las ficciones. Esa otra vida, de mentiras, que nos acompaña desde que iniciamos el largo peregrinaje que es la historia humana no nos refleja como un espejo fiel, sino como un espejo mágico, que, penetrando nuestras apariencias, mostraría nuestra vida recóndita, la de nuestros instintos, apetitos y deseos, la de nuestros temores y fobias, la de los fantasmas que nos habitan. Todo eso somos también nosotros, pero lo disimulamos y negamos en nuestra vida pública, gracias a lo cual es posible la convivencia y la vida social, a la que tantas cosas debemos sacrificar para que la comunidad civilizada no estalle en caos, libertinaje y violencia. Pero esa otra vida negada y reprimida que es también nuestra sale siempre a flote y de alguna manera la vivimos en las historias que nos subyugan, no sólo porque están bien contadas, sino acaso sobre todo porque gracias a ellas nos reencontramos con la parte perdida –Georges Bataille la llamaba “la parte maldita”– de nuestra personalidad.

Diversión, magia, juego, exorcismo, desagravio, síntoma de inconformidad y rebeldía, apetito de libertad, y placer, inmenso placer, la ficción es muchas cosas a la vez, y, sin duda, rasgo esencial y exclusivo de lo humano, lo que mejor expresa y distingue nuestra condición de seres privilegiados, los únicos en este planeta y, hasta ahora al menos, en el universo conocido, capaces de burlar las naturales limitaciones de nuestra condición, que nos condena a tener una sola vida, un solo destino, una sola circunstancia, gracias a esa arma sutil: la ficción.

Por eso no es impropio decir que sin la ficción la libertad no existiría y que, sin ella, la aventura humana hubiera sido tan rutinaria e idéntica como la vida del animal. Soñar vidas distintas a la que tenemos es una manera díscola de comportarse, una manera simbólica de mostrar insatisfacción con lo que somos y hacemos y, por lo mismo, significa introducir en nuestra existencia dos elementos sediciosos: el desasosiego y la ilusión. Querer ser otro, otros, aunque sea de la manera vicaria en que lo somos entregándonos a los ilusionismos y juegos de disfraces de la ficción es emprender un viaje sin retorno hacia parajes desconocidos, una proeza intelectual en que está contenida en potencia toda la prodigiosa aventura humana que registra la historia. Difícilmente hubieran sido posibles todas esas hazañas y descubrimientos en la materia y el espacio, en la mente y en el cuerpo, en la geografía y en la conciencia y subconciencia ni hubiéramos alcanzado, al igual que en la ciencia y la técnica, en las artes las deslumbrantes realizaciones de un Dante, un Shakespeare, un Botticelli, un Rembrandt, un Mozart o un Beethoven, si, antes de todo ello, no nos hubiéramos puesto a soñar historias a veces tan persuasivas que indujeron a ciertos lectores apasionados, como el Quijote y Madame Bovary, a querer convertirlas en realidades, y a tantos otros a actuar con ímpetu y genio para que la vida real se fuera acercando más y más a la que creamos con nuestra fantasía.

A la vez que sirvió para que con ella aplacáramos nuestros miedos y deseos, la ficción nos hizo más inconformes y ambiciosos y dio un sentido trascendente a nuestra libertad, al hacer nacer en nosotros la voluntad de vivir de manera distinta a la que nuestra circunstancia nos obliga. Por eso, aunque en el milenario transcurrir del acontecer humano nos hemos ido despojando de tantas cosas –prejuicios, tabúes, miedos, costumbres, creencias, dioses y demonios que eran otros tantos obstáculos para poder alcanzar nuevas cimas de progreso y civilización–, hemos seguido siendo fieles a ese antiguo rito que, para fortuna nuestra, comenzaron a practicar los ancestros en el principio de la historia: soñar juntos, convocados por las palabras de otro soñador –hablador, cuentista, juglar, trovero, dramaturgo o novelista– para de este modo conjurar nues-tros miedos y escapar a nuestras frustraciones, realizar nuestros anhelos recónditos, burlar a la vejez y vencer a la muerte, y vivir el amor, la piedad, la crueldad y los excesos que nos reclaman los ángeles y demonios que arrastramos con nosotros, multiplicando de esta manera nuestras vidas al calor del fuego que chisporrotea de esa otra vida, impalpable, hechiza e imprescindible que es la ficción. ~

Salzburgo, 27 de agosto de 2007

 
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* “El malhadado país”, en Benedict Anderson, The Spectre of Comparisons / Nationalism, Southeast Asia and the World, Londres/Nueva York, Verso, 1998, pp. 333-359.

homenaje a Onetti y a Cesar Vallejo en sus 100 años de nacimiento... por ‏Daniel Arroyo y amistad de Jorge...

homenaje   a  juan  carlos  onetti  100  años de  nacimiento y  a  cesar  vallejo  que  desacralizan el  testamento
 EL  VATE  PERUANO  USA UNA  IMAGEN    QUE  ATENTA  CONTRA  LA  IMAGEN  CRISTIANA        EN  UN  POEMA   LLAMADO  EL  LOMO  DE  LAS  SANTAS  ESCRITURAS   QUE  APARECIÓ  EN  LA  REVISTA  MUNDIAL   LIMA , 11  DE  NOVIEMBRE  DE  1927

  DICE   CITANDO  A  JUAN  1 : 14

  Y  EL  VERBO   ENCARNADO  HABITO  ENTRE    NOSOTROS

  Y  EL  VERBO   ENCARNADO   HABITA  AL  HUNDIRSE  EN  EL  BAÑO

  SI , EL  VERBO  QUE  SE HIZO  CARNE  ES  JESUS , PERO  QUÉ  SE  HUNDE  EN  EL  RETRETE SINONIMO  DE  BAÑO  LECTOR  SI  YA  LO  IMAGINAS  Y  SE  LO  COMPARA  A    JESUS   QUE SE    HUNDE  EN  EL  BAÑO.



  PERO  NUESTRO  POETA  NO ES E  EL  UNICO  QUE  HACE  UNA  DESMITIFICACION  DE  LA  CULTURA  CRISTIANA EN   OCCIDENTE  VEAMOS  A  ONETTI  EN  SU  NOVELA  JUNTACADAVERES .

CUANDO  NACE  JESUS  ELIZABETH  FAMILIA  DE  MARIA  DICE   BENDITO  EL  FRUTO  DE  TU  VIENTRE , JESÚS  PERO  EN   EL  CAPITULO  7  DE  LA CITADA  NOVELA  DE  ONETTI   ESTA  FRASE  APARECE  EN  LOS  LABIOS  DE  LA  RAMERA  LLAMADA    JULITA

   Y  MAS  AUN  EL  SIGUIENTE  CASO :

O  POR  LO  MENOS   PAZ   EN  LA  TIERRA    A  TODAS  LAS  PUTAS   DE  BUENA  VOLUNTAD    QUE  ACEPTARON  MANTENERLO  A  JUNTACADAVERES    CAPITULO  9    Y  HACE  UN  PARANGON MORDAZ A  LAS  PALABRAS  DE  LUCAS  2:14



COMO  VEMOS HAY    MUCHISIMO  QUE  HACER    pues  las  palabras  no  son  inocentes
por  favor  conteste    y  quisiese  publicarlo  en  algun  articulo   ,amigo  supay.
  de  daniel  arroyo  ,amistad  de  jorge .

21 de marzo DÍA INTERNACIONAL DE LA ELIMINACIÓN DE LA DISCRIMINACIÓN RACIAL ...(gracias a http://perumakungu.blogspot.com/)



Normalmente cuando las personas están tristes no hacen nada. Se limitan a llorar, Pero cuando su tristeza se convierte en indignación, son capaces de hacer cambiar las cosas.  
Malcolm X



 

 

Por Roberto Rojas - Makungu

 

En la mañana del 21 de marzo de 1960, en la localidad de Sharpeville – Sudáfrica, un número considerable de ciudadanos se organizaron para llevar a cabo una manifestación pacífica en contra de la denominada ley de pases, la cual era una medida que formaba parte de la política del apartheid, dicha ley obligaba a todos los “negros” a llevar un documento el cual limitaba su acceso a las zonas reservadas para “blancos”, anotándole si tenía o no permiso a movilizarse fuera de su lugar de residencia.


 

Muchas familias quedaban separadas por este sistema de pases, si un “negro” quería visitar a su esposa que trabajaba en la zona “blanca”, éste no podía transitar por dicha zona porque los pases sólo eran concedidos a los trabajadores que residían en la misma área.

Con esta ley era común el arresto, el juzgamiento y la condena a prisión de las personas “negras” que no portaban dicho pase, siendo evidente la vulneración del derecho de libre tránsito a la población originaria de Sudáfrica.


 

La manifestación tenía como objetivo obligar al gobierno a cambiar la ley, sin embargo, lo que consiguieron estos manifestantes pacíficos fueron las balas de la policía sudafricana, teniendo el trágico resultado de 69 personas muertas y más de 400 heridas.



Al gobierno sudafricano no le bastó con la matanza sino que declaró el estado de emergencia en toda Sudáfrica y consideró como ilegales a todas las organizaciones políticas “negras”, entre ellas el Congreso Nacional Africano (ANC), y el Congreso Pan Africano (PAC).

Es triste e indignante pero se tuvo que derramar sangre para que se marque un antes y un después en la historia del movimiento contra el apartheid, motivando que la Asamblea General de las Naciones Unidas decidiera recordar esta fecha para conmemorar el Día internacional de la eliminacion de la Discriminación Racial y posteriormente promueva la aprobación del Convenio Internacional contra el Apartheid y el Convenio Internacional para la
Eliminación de Toda Forma de Discriminación Racial.

Si bien es cierto ahora se tiene un marco jurídico de lucha contra la discriminación formada por diversos instrumentos internacionales y mecanismos de protección, estos no han sido del todo eficaces para lograr eliminar la discriminación racial, se necesita la voluntad de todos los actores sociales para realizar cambios estructurales que nos permitan eliminarla en serio, sino tenemos la voluntad de construir sociedades inclusivas y verdaderamente democráticas, nuestra frustración será ver a nuestros hijos y nietos luchando por lo mismo que estamos luchando ahora.



¿En verdad queremos que el racismo y sus terribles consecuencias como la exclusión, la pobreza, la intolerancia, la violencia y entre otros, se acaben? Pues empecemos hoy en los diversos espacios en donde nos encontremos, en nuestra casa, en nuestra escuela, en nuestra universidad, en nuestro trabajo, etc.

De nosotros depende.


http://perumakungu.blogspot.com/

Hola, mi nombre es Camilo Melendez Yon y soy Flairbartender: SERVICIO DE BEBIDAS “STAR OF THE BAR”

Hola, mi nombre es Camilo Melendez Yon y soy Flairbartender, brindo el servicio de bebidas en cualquier actividad: fiestas, reuniones, reencuentros, agazajos, despedidas de solteras, quinceañeros, bodas, etc. Te selecciono de una carta las bebidas que tu desees o te confecciono bebidas de acuerdo a tu estilo, te dejo mis datos y demas; estamos en contacto.

 

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Combatientes Negros En La Independencia Del Peru - El Pasado Negro De Los Peruanos. - ¿Sabías que Micaela Bastidas, gran luchadora y esposa de Túpac Amaru II, fue descendiente de africanos? ..(gracias a http://ashanti-peru.blogspot.com/)

Combatientes Negros En La Independencia Del Peru

José Gil de Castro nació en Lima, Perú, en 1785 y murió en la misma ciudad, alrededor del año 1850. Fue hijo de esclavos, nacido libre. Durante la guerra de Independencia, alcanzó el grado militar de Capitán de Milicias en Trujillo."Mulato Gil", apodo con el que se le conocería en Chile, es el más importante artista afrodescendiente de América Latina. Inició su formación artística, en el taller de Julián Jayo, y prosiguió luego en Lima, en la Escuela Pública de Pintura, donde recibió clases del español José del Pozo. Pasó etapas de su vida, entre Lima y Chile, donde se casó con una española. Fue nombrado Pintor de Cámara del Gobierno Peruano.Por su destacada labor como retratista y pintor, en Chile, el Cabildo de Santiago le otorga el nombramiento de Maestro Mayor del gremio de pintores y, aprovechando su experiencia militar y su alto conocimiento de dibujo, cartografía y cosmografía, es integrado al naciente ejército chileno, como miembro del cuerpo de ingenieros con el grado de Teniente y luego de Capitán del Batallón de Fusileros. O'Higgins le otorgó la condecoración "Al Mérito", en el grado de legionario. José Gil de Castro, asumió el papel de testigo ocular de la Revolución en Latinoamérica, a través de retratos de los personajes que encarnaban los nuevos ideales. Los convirtió en modelos que pasaron a la historia como héroes. En Chile es considerado como el Padre del Género Retrato.El Inca Garcilazo de la Vega, sostiene en sus escritos, haber conocido en el Cuzco, al negro Guadalupe, un caudillo que comandó en el primer cuerpo de soldados negros durante la rebelión de Francisco Hernandez Girón, contra las nuevas leyes impuestas por la corona española en 1554.La historia también nos habla de Antonio Oblitas, el negro lugarteniente de Túpac Amaru II, conocido como el verdugo del Corregidor Arriaga, y quien luego fue apresado y ejecutado junto con Túpac Amaru.Fue importante también la participación real de los afro descendientes, en la formación del Estado a finales del siglo XIX, tanto en la Batalla de Junín, al mando de Bolívar, como en la de Ayacucho, a órdenes de Antonio José de Sucre.El historiador Julio Luna, menciona en sus crónicas a los Comandantes José Rayo, León Escobar y Negro León, quienes luego de la Guerra de Independencia formaron parte de los distintos grupos caudillistas que pugnaban por el control del poder, durante los primeros años de la etapa republicana (1835 – 1842).
La palabra negro procede del latinazgo Níger, usado en la Roma Imperial y el Medioevo. Dicha voz figura en uno de los versos de Virgilio.Es probable que el origen de esos esclavos fuera el Níger, país africano con más del 90% de su población musulmana. La palabra negro fue incorporada al habla internacional como sinónimo de esclavo.El primer negro llegado a América fue Pietro Alonso, piloto de la Carabela La Niña de Cristóbal Colón. Pero hay indicios que siglos antes de la venida de europeos para conquistar América, los africanos surcaban los mares, no para invadir sus territorios, sino con fines comerciales.Eso explicaría la existencia de huacos retrato, con rasgos nítidamente africanos en el Museo Amano de Miraflores. Se dice también que las denominadas cabezas clavas de Chan Chan, fueron inspiradas en los ocasionales visitantes africanos.La población afroperuana del Obispado de Lima en el siglo XVII perteneció a unadiversidad de pueblos y tribus africanas y a dos grupos lingüísticos:El sudanés, extendido al sur del Sahara por toda la costa occidental.El bantú, que se encontraba difundido al sur del Ecuador, procedían deCamerún, Gabón, Guinea, Congo, Angola y Mozambique.La trata de esclavos en el Perú presenta las mismas características que la de losnegros en Centroamérica. Cuando el esclavo llegaba al puerto, se le llamaba«bozal recién llegado de Guinea», con este nombre se designaba al esclavo queno hablaba la lengua de su amo y no bautizado. El esclavo negro eraclasificado según su edad: en muleque, de 6 a 14 años; mulecón, de 14 a 18 años;«piezas de indias», de 18 a 35 años, y matungo, si era anciano de más de 60 años.La edad de los esclavos «reproductores», como los cocolís y los minas, oscilabaentre los 20 y 50 años.Las haciendas peruanas, durante la colonia, favorecieron la trata de negros porquese requería fuerza de trabajo para la agricultura de la caña de azúcar, viñales, vino yaguardiente de exportación. Rendía mejores beneficios con relación a otro tipo de cultivo.En la actualidad, cuando se intenta ubicar a la población negra en el Perú, se señala a la ciudad de Chincha como la mas representativa.Sin embargo, los estudios, señalan que, la mayoría de la población negra, vive en Lima. En Chincha solo el 40% son negros.Pero es al norte, en Morropón, donde está la primera comunidad que se declara afrodescendiente en el país.
Josefa Puyucahua, madre de Micaela, entró en relaciones con Manuel Bastidas, descendiente de africanos, y de esta unión natural nació una niña que bautizaron Micaela Bastidas Puyucahua. El nacimiento ocurrió en Pampamarca por 1742. De su infancia no sabemos nada. Debió crecer al lado de sus padres y de sus hermanos Antonio y Miguel, también de sus tíos maternos. Nada más puede decirse, salvo que la niña se hizo mujer y esto lo vio Pampamarca. Tuvo porte distinguido y belleza algo extraña: era esbelta de cuello, en la Sierra cosa infrecuente, señalando un testimonio de inspiración dieciochesca que fue "mujer notable por su hermosura". Intuimos que su belleza no fue estrictamente andina, sino que también influía su sangre africana. No en vano, años después, sus enemigos se referían a ella motejándola de "zamba". En todo caso era bella, de energía nada común y de personalidad acusada. No tendría veinte años cuando la pretendió José Gabriel. Formalizada la situación, Micaela pasó con sus padres a Surimana, los cuales comienzan a figurar como "españoles de dicho pueblo", y Manuel Bastidas a anteponerse un "Don" a su nombre. Se presume que el joven curaca dio facilidades a sus futuros suegros para cimentarse en el lugar, porque de otro modo habrían seguido residiendo en Pampamarca. La boda se efectuó en la iglesia del pueblo de Nuestra Señora de la Purificación de Surimana, en el altar mayor que todavía existe, el 25 de mayo de 1760. El matrimonio fue de españoles desde el ángulo social, fue indio desde el ángulo curacal y fue mestizo desde el ángulo racial, pero, por encima de todo, el matrimonio cristiano don José Gabriel y Micaela estaban llamados a convertirse en un matrimonio histórico. Ella lo llamaba a él cariño. De la unión matrimonial de José Gabriel y Micaela vinieron al mundo tres hijos: Hipólito, el primogénito, nacido en Surimana en 1761. Mariano, que vio la luz en Tungasuca el 17 de septiembre de 1762 y Fernando, nacido también en Tungasuca en 1768.
Fuente RPP online

Plastificacion erotica. sexo o sexualidad vista desde el punto de vista japones, Video ...(gracias a innerpendejo)

Sobre la momificacion erotica ya hemos visto algo en esta bitácora. Ademas, hay algunas películas porno dedicadas al tema.Plastificacion eroticaEn la misma senda anda lo que vamos a llamar plastificacion erótica: recubrir enteramente con una lámina de material plástico a una persona. El fotógrafo Danilo Pasquali dedico una serie a este fetiche.Danilo Pasquali

En el siguiente video vemos como envasan al vacío, cual filetes en el Alcampo, a una japonesita.

PD: Gracias a Werko por el envío.

Momificacion erotica en el ambito BDSM

La momificacion erotica es una practica del ámbito BDSM en la que se inmoviliza a una persona envolviéndola de pies a cabeza con telas, vendas, cinta adhesiva, camisas de fuerza…Las siguientes imágenes pertenecen a la ya desaparecida pagina DevonshireProductions.com.Momificacion eroticaMomificacion eroticaMomificacion erotica en el ambito BDSMMomificacion erotica en el ambito BDSM

EEUU tendría 3 bases militares en Perú de acuerdo a mapa de red militar estadounidense en el mundo .../gracias a http://peruanista.blogspot.com/

Las bases militares de EEUU en Perú estarían dentro de bases militares peruanas, en Lima, Ayacucho y Pucallpa.

Mapa del Comando Sur (SouthCom) de las fuerzas armadas estadounidenses. Mapa or el Departamento de Defensa de EEUU

Desde fines del siglo pasado -sobretodo desde el fin de la Segunda Guerra Mundial- Estados Unidos ha creado una red de bases militares en todo el mundo que es realmente impresionante y alarmante al mismo tiempo. Muchas de esas son bases construidas por EEUU y otras son bases de otros países que son compartidas por acuerdos de defensa.

Al fin de la Guerra Fría, uno podría pensar que EEUU iba a reducir su presencia militar en el mundo, pero ha ocurrido lo contrario. Estamos hablando de un imperio militar.

En un post de abril de 2007 publiqué en este blog
un mapa de las bases militares de Estados Unidos en el mundo, que estaba incluido en un website que ya ha sido clausurado. Borrarán mi blog, no lo sé. Stay tuned.

No existen datos oficiales del gobierno de EEUU que digan cuantas bases militares de este país existen en el mundo, es obvio. Pero gracias a la labor de profesores de universidades estadounidenses y de la ONG American Friends Service Committee, es posible encontrar este mapa -publicado en febrero de 2009- elaborado con datos del ministerio de Defensa de EEUU entre otras fuentes. EEUU tiene más de mil bases militares en el mundo:

Autor: David Vine, Island of Shame: The Secret History of the U.S. Military Base on Diego Garcia (Princeton University Press, 2009)

Para una vista más detallada click aquí (archivo PDF).


More money more problems

El gasto militar de EEUU es el principal rubro del presupuesto nacional de este país con más de $ 651 mil millones de dólares presupuestados para 2009. Esto ocurre en medio de una de las peores crisis financieras de la historia –supuestamente- ese gasto no se ha reducido y al contrario el Pentágono ha relanzado la Cuarta Flota marina en Latino América y el comando Africom para África del sub Sahara.

El Boletín de Científicos Atómicos de EEUU publica un artículo del antropólogo Hugh Gusterson, de la universidad George Mason:
De acuerdo a una lista del Pentágono, hay cerca de 865 bases militares de EEUU en el mundo, pero agregando las de Irak y Afganistán la lista sobrepasa más de 1,000 bases. Esto constituye el 95% de las bases militares extranjeras en todo el mundo. […] La antigua manera de colonialismo, practicado por los europeos, era invadir un país entero y administrarlo. Pero eso era torpe. Estados Unidos es pionero de una versión más liviana del imperio global. Como el historiador Chalmers Johnson dice “La versión estadounidense de la colonia es la base militar […] Estados Unidos tiene un imperio de bases militares.”
Luego Gusterson agrega:
Las bases extranjeras de EEUU tienen un doble filo: ellos proyectan un poder estadounidense a través del planeta, pero tambien inflaman las relaciones exteriores de EEUU, generando un resentimiento contra los efectos de prostitución, contaminación del medio ambiente, crímenes leves, y un etnocentrismo que surge como efecto corolario. Ese resentimiento ha forzado a cerrar bases de EEUU en Ecuador, Puerto Rico y Kyrgyzstan, y, si el pasado es prologo, más movimientos contra las bases de EEUU se pueden esperar en el futuro.
El gasto para mantener estas bases llega a más de $102 mil millones de dólares al año. Solamente en Alemania, EEUU tiene 227 bases militares.

Lee el resto de este interesante artículo
en este link (en inglés).


Cerrar las bases militares

El artículo del profesor Gusterson ha sido mencionado por John Pomfret el pasado 22 de marzo en el diario
The Washington Post –vaya que un diario conservador militarista lo ponga, dice mucho. “Se quiere ahorrar miles de millones en el presupuesto federal? Consideremos cerrar algunas de las 1,000 bases militares que Estados Unidos mantiene en el extranjero.”


Preguntas para los peruanos:

¿Cómo es posible que EEUU tenga tres instalaciones militares en Perú y la mayoría de peruanos ni siquiera saben de ellas? ¿Es acaso este un tema de seguridad nacional que el Congreso de Perú debería aprobar? De comprobarse estos datos ¿Acaso deberían los peruanos exigir la salida de estas tropas extranjeras del suelo peruano?
http://peruanista.blogspot.com/

Mujer que murió en su sueño, 1972, La bella durmiente de Jeffrey Silverthorne...(gracias a innerpendejo)

    ¿No es hermoza?, es como si soñara con la persona amada y amenazara despertar de repente, con una sonrisa... Click para ampliar.

La obra cumbre de Jeffrey Silverthorne (n. Honolulu, Hawaii, 1946) es Morgue Work, que inicio en 1972 como una respuesta personal a la Guerra de Vietnam. Estaba interesado fundamentalmente en fotografiar a personas que habían muerto inesperadamente o por causas desconocidas. Entre ellos se encontraba esta pareja, cuyos miembros murieron a la vez por intoxicación accidental con monoxido de carbono.O este crío, que murió atropellado por un coche.